A la Deriva

La única razón que lo hacía continuar era una una vaga idea que le sugería que al no existir, ya no existiría nada más. Quizá era simplemente un miedo nunca reconocido a la muerte, que no se permitía admitir.

Caminaba de aquí a allá dentro de aquel limitado espacio, ansioso y sin pausa, pero sin afán; sin encontrar solución a lo que sentía o mejor a lo que había dejado de sentir un día.

Tomó dos píldoras de suplemento y finalmente se decidió a salir de su cubo, el número 1K93ZT de la Zona 36 de la ciudad.
 

De camino a ninguna parte, pasó frente al bar de Gillies, su gran amigo por muchos años (ahora convertido en otro puesto más de cabinas holográficas triple X).

Recordó por un instante aquellas largas noches de historias enrevesadas y elípticas, basadas en sus hipotéticas experiencias; y el exquisito tacto de Gillies para contarlas, llenas de intermisiones, suspensos y portentosos finales. Por un segundo también llegó a escucharlo dentro de sí con su sonora y contagiosa risa.

Todos decían que había sido una víctima más de las desapariciones de la Compañía de Cable; que bien podría ser el caso, el buen Gillies luego de algunas copas siempre hablaba de más.

Siguió de largo sin saber muy bien a donde ir. Un punzón en el centro de su cabeza le recordó de la noche anterior; otra noche de copas que terminó por enredarse en las sábanas de una desconocida. A pesar de que siempre le había parecido una situación peculiarmente vacía, con un par de whiskeys en el estómago, el vacío y la felicidad eran apenas diferenciables.

Se detuvo en una tienda por un paquete de cigarros y se sentó en el mesón del parque a fumar uno. El olor de la marihuana lo relajó un poco. Las personas lucían alegres -o al menos se esforzaban en parecerlo-, a pesar de su taciturno andar y sus calladas maneras.

Hace mucho tiempo que la gente había empezado a hablar cada vez más bajo en lugares públicos, todos se sentían víctimas y victimarios en un lugar donde las palabras podían ser mal interpretadas con facilidad.

 

Sintiéndose un tanto más ligero luego de un par de bocanadas, tiró el cigarro, que no iba aún por la mitad, y caminó en dirección al agua buscando su suave brisa. Sin buscarlo -o buscándolo- sus pasos lo llevaron muy cerca de un lugar que le traía lejanas memorias; hacía tanto que no iba más allí que le costó recordar su ubicación.

Al principio al pasar de largo sin encontrar su entrada -si se le podía llamar así a un pedazo de verja rota-, lo dio por un hecho trivial y siguió caminando; más adentro retumbó la necesidad de saber con certeza si se encontraba en el lugar correcto o le faltaban algunos pasos, o quizá le sobraban algunos más. Luego de caminar un par de bloques y estar completamente seguro de haber pasado por alto el lugar, decidió regresar y buscar con los sentidos más agudos.

Luego de ir y venir una vez más, terminó por entender que el pequeño jardín escondido a la orilla del río había sido devorado por una gigantesca construcción en proceso, con el sello inequívoco de la Compañía de Cable, por su fachada blanca de estilo neo-bauhaus.

 

Resignado y con una extraña presión en el pecho siguió caminando en dirección al puente, sin poder sacar de su mente al jardín que no estaría nunca más allí, reflejo de lo sucedido a un viejo amor que allí creció. Ya no estarían más los escombros y maderos muertos revueltos con la arena, ni los chiquillos aventureros que cada tanto encontraban el lugar, tampoco el romper de las olas siendo interrumpidas por el paso del tren.

Cuando se encontraba ya muy cerca del punto en que se podía ascender el puente caminando, un sonido eléctrico lo hizo retornar del fondo de sus pensamientos.

Agnes.

La palabra titilaba en la pequeña pantalla incrustada en su muñeca. Se preguntó cuál sería la razón de su llamada; trató de recordar las circunstancias en que se habían visto por última vez, más no lo logró; luego de unos segundos se decidió por declinar la llamada.

Lo que comenzó como un fugaz romance, que se transformó en una gran amistad; se había transformado una vez más en los últimos años. Las conversaciones y los momentos juntos habían dejado de ser memorables para dar paso a una amistad monótona y por costumbre.

Un segundo sonido, ligeramente diferente al primero, lo hizo volver la mirada a su muñeca. “Voy al karaoke, nos vemos?” se leía en la pantalla.

Presionó el botón que silenciaba el artefacto y se quedó inmóvil observando por largo rato el gigantesco puente y el río que lo cruzaba. El agua que se movía calma y silenciosa, parecía un cuerpo sólido del que nacían las imponentes columnas que sostenían la construcción.

Sin saber muy bien a donde ir -pero seguro que debía alejarse de allí-; decidió llamar a un taxi por medio de la banda electrónica. Se aseguró de pedir uno de la línea blanca, eso era lo único que quería en realidad, quería sentir el vano placer que le produciría estar sentado allí, experiencia a la que muchos le atribuían cualidades terapéuticas e incluso adivinatorias; aunque para él como para la gran mayoría era solo una simple actividad recreativa, y en las últimos tiempos un escape de la realidad.

 

El taxi llegó con prontitud. Al subir, escribió en la pantalla la dirección a la que se dirigía; el tiempo estimado para llegar a esta zona del centro de la ciudad era de cuarenta minutos, así que decidió pagar por un viaje de una hora. “Nuevo tiempo estimado de recorrido: una hora y cero minutos” dijo una voz electrónica.

El carro empezó a andar, se estiró cómodamente y oprimió el botón de inicio. El leve sonido del gas saliendo de las tuberías suavizó sus facciones.

Era un olor apenas perceptible que al entrar en su organismo se hizo dulce. El hormigueo empezó a crecer lenta y placenteramente. La sensación de su cuerpo se hizo cada vez más palpable, podía sentir el fluir de la sangre pasando por su tobillo, al mismo tiempo, que un cosquilleo que llenaba su cabeza. Pequeñas líneas de diferentes colores, parecían aparecer y desaparecer sobre la pared metálica del taxi. Cada vez aparecieron más y más hasta que el metal desapareció por completo y millones de líneas de colores terminaron por remplazarla. Aún estaba lo suficientemente consciente como para saber que estaba por empezar. Pudo ver con claridad el jardín por un instante y a aquella mujer olvidada.

Sus ojos se cerraron. Una sonrisa se vislumbró en sus labios.

****

Una leve corriente eléctrica hizo reaccionar su cuerpo con suavidad, sus ojos giraron bajo sus párpados. Luego otra más fuerte -probablemente de igual intensidad pero su cuerpo estaba más sensible ahora-. Abrió los ojos, se encontraba en la ciudad.

Su cuerpo estaba relajado y sintió una vaga alegría que no había experimentado en días. Aunque no podía recordar con claridad todas las ideas que habían pasado por su mente durante la hora anterior, había una imagen que se había quedado en él: un átomo que viajaba por el río bajo el gran puente.

Sintió un cierto desapego hacia los sentimientos que lo embargaban antes de subir, casi que habían dejado de ser un problema ahora.

Haber visto desde adentro el movimiento eterno de ese átomo, le dejó una ilusoria sensación de alivio; al comparar aquel átomo vacío casi en su totalidad, con su realidad que estaba precisamente compuesta de ellos.

Paso su banda electrónica frente a la pantalla y abrió la puerta, la voz robótica crujió “Le agradecemos viajar con los Taxis Blancos de la Compañía de Cable, esperamos haya tenido una grata experiencia. Su cuenta personal de banco será cargada con sesenta y un dólares y veinte centavos.”

Se bajó sin tener control total de su cuerpo -sus piernas flaqueaban ligeramente- y una sonrisa a medias se asomó en sus labios.
 

Es apenas lógico – pensó.

 

Las luces de los anuncios lo cegaron por un instante. Cientos de personas caminaban de aquí a allá a una celeridad pasmosa, fiel reflejo de la sociedad en la que habían nacido, moviéndose siempre con velocidad a ninguna parte.

Nunca había sido de su gusto visitar esta zona de la ciudad, pero lo hacía resignado respondiendo al llamado de Agnes; pues sabía de sobra a que karaoke se dirigía.

 

Entró a un café y se sentó en uno de los pocos puestos vacíos. La mayoría de las personas tenían sus lentes puestos, ajenos al mundo a su alrededor. El silencio primaba. Cientos de dedos viajaban ágiles oprimiendo el aire. Dedos cansados y reumáticos creían tocar una realidad que solo existía en sus mentes; algunas veces levantaban también el café que estaba a su lado.

Un hombre llamó su atención en especial. Tenía shorts caqui y una camisa floreada, su gesto estaba más fruncido que el de la mayoría.

El hombre luchaba contra las inciertas imágenes de su dispositivo, su mano ambiciosa quebraba el aire sin dar respiro, hacía sonidos de disgusto, pegaba a la mesa disimuladamente; un inaudible insulto llegó a escapar de sus delgados labios.

Un movimiento en falso terminó por tirar su café al piso -muy pocos se percataron de este hecho-; colérico se quitó los lentes, parecía que sus venas iban a reventar dentro de aquella cabeza roja. Mas supo contenerse, sabía bien que no era buena idea llamar la atención y aún menos parecer infeliz en público. Sus ojos rojos de frustración, revelaban un miedo absoluto al fracaso. Se puso de pie, disimulando tranquilidad, y se dirigió al baño.

La ligereza que le habían otorgado los sesenta dólares que pagó por el taxi, estaba por desaparecer si seguía un minuto más en ese lugar. Decidió salir de allí, terminando su espresso de un sorbo. De camino a la puerta, la máquina de limpieza paso rauda por su lado en dirección contraria.

Pobre hombre –pensó mientras cruzaba el umbral -. Pobres todos – contestó otra voz dentro de si-.

 

De vuelta en la autopista humana, decidió llamar a Agnes para escapar de allí. Oprimió un diminuto botón en la parte trasera de su oreja y habló a su banda electrónica. Para Agnes. Ya estas ahí?- dijo.

No tuvo que esperar mucho para recibir una respuesta que parecía venir del centro de su cerebro.

No me respondiste, cambié de planes – dijo una dulce voz.

Pensó por un momento que decir. Para Agnes. No importa, no he salido aún de casa – dijo –, nos vemos la próxima semana. Oprimió el botón que silenciaba su banda y encendió otro cigarro.

 

Caminó con tranquilidad, obstaculizando el flujo normal de la gente que por allí cruzaba. Se maravilló de ver la cantidad de anuncios blancos que promocionaban los innumerables servicios prestados por La Compañía de Cable.

Recordó como hace años había tantos anuncios blancos como rojos -incluso mucho antes también los hubo celestes-, hasta el día en que La Compañía ganó la carrera por llevar un satélite a los confines del sistema, lo que le brindó los medios para devorar a su único competidor en una de estas fusiones obligadas.

A decir verdad el impacto de esta fusión en las personas fue mínimo y la transición fue bastante sutil. Casi ninguna de las comodidades que el ciudadano común poseía se vio afectada, al contrario, después de este suceso hubo una sensación generalizada de que la calidad de vida había mejorado.

Después de caminar varias cuadras – quizá muchas más de las que creía, dado el sopor en que lo había dejado el cigarro - los anuncios empezaron a desaparecer poco a poco y con ellos la gente. Las losas perfectamente distribuidas habían sido remplazadas por grietas en el piso, y un olor nauseabundo merodeaba cada tanto cuando el viento lo empujaba desde alguna indeterminada fábrica. El sol estaba por ponerse detrás de las líneas de camiones parqueados en la calle que se divisaban a lo lejos. Supuso que estaba entrando en la Zona 6 de la ciudad, hecho que fue rectificado por su banda electrónica.

 

Giró en la siguiente esquina, guiado por el mapa. A un par de cuadras se encontró con algunos locales comerciales de nuevo y entró en el primer bar que encontró. El lugar casi vacío, olía a humedad.

Las pocas cabinas de relajación que había, estaban ocupadas, así que se sentó en la barra y tomó un whiskey. Sacó dos píldoras de suplemento de su bolsillo y las pasó con un trago.

Al final de la barra había una mujer en sus cuarentas de finas facciones, opacada por su rímel exuberante y su peinado que parecía haberle tomado horas ponerlo en su lugar. Probablemente era la mujer del dueño o quizá una prostituta, su ambigua y coqueta sonrisa se prestaba para variadas interpretaciones.

Finalmente optó por creer que era la esposa -o amante- del dueño o de quien fuera el hombre que se encontraba en una de las meses del fondo, que no dejaba de mirar de reojo el comportamiento de la mujer mientras cerraba algún tipo de trato con un grupo de judíos.

Le gustaba imaginar historias probables entre las personas, en los lugares que visitaba en soledad. Con la práctica había llegado a hacerse un experto.

Decidió mirar para otro lado, y sumirse en sus pensamientos de nuevo. Trató de recordar el nombre de la mujer de la noche anterior, pero no lo logró, al darle vueltas por un momento terminó por creer que nunca habían intercambiado sus nombres. Era bella ciertamente, quizá por medio del bartender podría contactarla de nuevo; aunque sabía bien que no había existido ninguna conexión entre ellos.

El hombre de la mesa del fondo se acercó a la barra y se sentó junto a la mujer con el exótico peinado, la distancia al hablar entre los dos mostraba que no tenían ninguna relación. Su instinto había fallado; bueno quizás no del todo.

 

Se dirigió al baño. Las paredes estaban enmohecidas y el piso mojado; un olor que era en iguales cantidades orina y limpiapisos llenó sus entrañas.

Al lavar sus manos, se encontró con sus ojos del otro lado de un espejo que se encontraba encima del lavabo. Estos ojos parecían los de una persona que no era él, lucían sobrepuestos de alguna manera, parecían los ojos de algo que ya había muerto hace mucho tiempo, pálidos como una clara de huevo, pálidos y sin vida como una clara de huevo. La palidez parecía nacer del centro de sus órbitas y esparcirse por el resto de su cara, haciendo más marcadas las bolsas bajo sus ojos.

Se hizo un nudo en su garganta, cerró sus ojos instintivamente, no soportaba verlos más.

 

Al abrirlos de nuevo, la atmósfera había cambiado y el fuerte olor había desaparecido. Se reconoció frente al espejo del baño, en su cubo, pensando de nuevo en sus ojos.

Con caminar cansado se dirigió al balcón y se reclinó sobre la baranda. A lo lejos se veía el río y algunos blancuzcos avisos publicitarios aquí y allá. Al mirar hacia abajo las personas se veían como ínfimos puntos que se movían aleatoriamente. Imaginó el vacío que produciría una caída libre. Sin estar muy seguro de lo sentía se reclinó en una silla con un poco de vértigo. La suave brisa de verano le produjo una sensación de bienestar.

Se quedo en silencio y completamente inmóvil tratando de no pensar.

Luego de un largo tiempo de quietud, una sensación extraña empezó a crecer con velocidad, parecía como si cada partícula de su cuerpo se estuviera moviendo dentro de sí. No tuvo tiempo de identificar qué era lo que le sucedía; y sin que nadie lo notara, desapareció. El vacío de sus átomos terminó por devorar la poca materia que quedaba en su cuerpo.

A diferencia de lo que pensaba, el río, la ciudad, la mujer que amó, la Compañía de Cable y las cabinas triple X siguieron allí.